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Fratres y Sorores
Una de las cuestiones que más han preocupado
al género humano es la de la justicia
divina, y el por qué de las desigualdades
en la vida.
¿Como es posible, y bajo que punto de
vista de igualdad y justicia, que algunas personas
gocen de todo aquello que es bueno en la vida
mientras que otras carecen de lo más
necesario?
¿Como es posible que para algunas personas
todo sea felicidad mientras que para otras solo
existe el sufrimiento?
¿Cual es la razón de ser del gozo,
y cual la del pesar?
¿Por qué hay quien vive una vida
larga, independientemente de que esta sea fructífera
o no, mientras que hay niños que solo
viven unos pocos minutos o unas pocas horas?
Estas y muchas otras son las preguntas que,
a menudo, nos hacemos cuando queremos desentrañar
el misterio de la vida, martillean nuestra mente
para encontrar una explicación que satisfaga
nuestro deseo natural de saber.
A lo largo de la historia de la humanidad, y
muy especialmente entre las religiones occidentales,
se han desarrollado una serie de teorías
que tratan de explicar el tema de la justicia
divina, y el por qué de las desigualdades
entre los seres humanos.
Repasemos algunas de esa teorías para
ver si nos pueden aportar luz, o solamente son
un intento humano de explicar una realidad cósmica
que, lejos de explicar, lo que hacen es confundir
y dar la sensación de que el Cosmos no
está hecho de una manera equilibrada,
y armoniosa, y que su Creador es un Ser caprichoso
e injusto.
La primera teoría, muy extendida entre
las religiones de origen semítico, como
el cristianismo, nos dice que «Dios es
el que decide, por su propia voluntad, nuestra
felicidad o nuestro dolor, lo largo de nuestra
vida, y las circunstancias en las que vivimos»
Esta teoría, o dogma, nos presenta a
un dios caprichoso que da a los hombres según
le place.
Esta teoría ha dado como resultado muchas
prácticas supersticiosas que tratan de
aplacar las iras y caprichos de ese dios. Entre
estas prácticas están los sacrificios,
más o menos incruentos que sirven, según
quienes los hacen, para agradar al Creador.
Es muy curioso constatar que, entre los seguidores
de este dogma, existe la creencia de que se
puede negociar con Dios sus favores, e incluso
que se le puede chantajear. Por ejemplo: cuando
una persona que necesita ayuda, o algo, dice:
«Dios mío, si me concedes tal o
cual cosa haré esto a aquello».
Este cambalache ridículo diría
poco en favor del poder y de la misericordia
de Dios.
Otra teoría, que en cierto modo tiene
puntos de conexión con la anterior, dice
que hay una lucha constante entre los poderes
del bien - Dios - y los del mal - Su antagonista,
llámese Satanás, Arrimanes, Set,
Plutón, o como lo hayan denominado diferentes
civilizaciones - y en este dogma se nos indica,
presentando a un Dios débil que debe
enfrentarse a una potencia equivalente a la
suya, que el mal, encarnado por cualquiera de
los anteriores personajes, puede casarnos dolor
y desgracia sumergiéndonos en el mundo
de las tinieblas.
Lo mismo que en el dogma anterior, pensar en
algo que pueda enfrentarse al poder de Dios
que es todo bondad, justicia, equidad, amor,
etc. es tan ridículo que no merece la
pena ser considerado por un auténtico
pensador.
Hay otro tipo de teorías, sobre todo
de carácter científico, que nos
dicen que el origen y causa de nuestra felicidad
y nuestro infortunio es la herencia genética
y fruto, en muchos casos, de la casualidad.
Si observamos el equilibrio y armonía
creadora del Universo, en el que todo está
relacionado y todo obedece a leyes y causas
determinadas, no podemos admitir que el resultado
de nuestra vida sea fruto de la casualidad,
o la improvisación cósmica.
Al observar la vida, y sus efectos sobre nosotros,
no podemos contemplar al Ser Humano como un
cuerpo solamente que se manifiesta porque si.
El Ser Humano es un ser consciente, que piensa
y que actúa movido por sus pensamientos,
por sus emociones, y por impulsos más
sutiles de índole espiritual.
Esa es la clave que nos puede conducir al conocimiento
de una Ley «oculta» que nos conduzca
a la explicación de nuestra vida y a
la comprensión de la aparente injusticia
de la vida, haciéndonos comprender que,
lejos de ello, todo obedece a Leyes justas y
ordenadas puestas en acción, al principio,
por la mente del Creador.
Antes que nada debemos llegar a la comprensión
de que la vida, lo mismo que todo lo que existe
en el Universo, es eterna, y que por medio de
ella el Hombre llega a tomar consciencia del
medio en el que se desenvuelve, de sí
mismo, y de la Realidad Absoluta -el mundo espiritual
y sus leyes- y del mismo Creador.
Pero la vida, lo mismo que todo lo demás,
tiene una doble manifestación; tiene
un periodo de actividad y otro de descanso,
lo mismo que se manifiesta en la naturaleza
como día y noche, positivo y negativo,
ciclos naturales etc.
Esos periodos de actividad los hemos venido
en llamar, indebidamente, vida y muerte.
Si partimos de la base de la eternidad de la
vida, el periodo llamado muerte no es otra cosa
que un periodo en el que la vida no se manifiesta
en el plano terrenal, pero no por ello está
perdida, sino solo ausente de la manifestación
física.
De la misma manera en que a la noche le sucede
el día, para volver a la noche y luego
de nuevo el día, el Hombre nace y muere
para volver de nuevo a nacer y manifestarse
continuamente.
Nos referimos, naturalmente, a lo que se denomina
la reencarnación - tema del que nos ocuparemos
más extensamente en otro mensaje - que
no es, en modo alguno, ninguna de las teorías,
más o menos peregrinas, que se han divulgado,
en muchos casos, con ánimo de ocultar
su verdadero significado.
Esta es la única teoría que puede
explicar la justicia divina; la oportunidad
que se nos concede de vivir muchas vidas nos
permite gustar de todas las sensaciones, vivencias,
sentimientos, y situaciones en un plano de igualdad
con todos los demás.
Pero la reencarnación, cuyo propósito
es el de poder vivir todas la experiencias posibles
en el plano material, tiene sus propias Leyes
que se ajustan a todas las otras leyes divinas.
Hay, fundamentalmente, una Ley que equilibra,
ajusta y compensa; que tiene una gran influencia
sobre el Hombre, y sobre todo el Universo, y
sobre la que influye el Hombre con sus pensamientos
y acciones.
La ley a la cual nos referimos se denomina la
ley del Karma, y se utiliza ese nombre porque
su etimología de origen sánscrito,
la define perfectamente.
La palabra Karma deriva de dos palabras del
idioma sánscrito, o samskrta, que juntas
se pronuncian KARMAN.
La raíz KAR venía a significar,
en la antigüedad, la aplicación
del poder creador por el hombre. La raíz
MAN significa «pensador».
Si unimos dichas raíces para formar la
palabra KARMAN, o KARMA que es como se pronuncia
en español, el significado que encontraremos
es el de «La acción y reacción
de la voluntad humana sobre el pensador - o
el Hombre - mismo.
En muchas ocasiones, sobre todo en la actualidad
en que el esoterismo se ha vulgarizado, escuchamos
muchos significados y teorías particulares,
la mayor parte peregrinas y excéntricas,
aunque sorprendentemente admitidas, sobre la
ley del Karma.
Es curioso constatar que, en la mayor parte
de esas explicaciones se hace referencia al
Karma como una ley de premio y castigo, particularmente
de castigo, y en varias ocasiones hemos tenido
la ocasión de oír frases como:
«Le va a caer un Karma encima» o
«Padece un gran Karma».
La ley del Karma no es una ley personalista
de premio o castigo; pensarlo así es
caer en las mismas teorías ridículas
que habíamos analizado antes, si no una
ley IMPERSONAL de equilibrio y justicia.
La ley del Karma es una ley por medio de la
cual, por la compensación adecuada de
nuestros actos, pensamientos, e intenciones,
podemos tomar consciencia de la armonía
universal.
Cuando el Ser Humano se encuentra en armonía
con el Cósmico, el resultado es equilibrio,
salud, paz, armonía, etc. Si sale de
ese equilibrio el resultado será infelicidad,
enfermedad, etc.
Al sentir los efectos de la Ley del Karma, o
de compensación, sobre nosotros, tenemos
la oportunidad de ajustar perfectamente con
la armonía cósmica. Cuando acertamos
sentiremos su compensación positiva y,
en consecuencia, sabremos como debemos proceder
o pensar para permanecer en ella. Cuando nos
equivocamos sea por ignorancia, mala intención,
u otra circunstancia, sentiremos sus efectos
negativos en nosotros por lo que podremos determinar
aquello que no debemos hacer.
Ténganse en cuenta que la Ley del Karma
exige una compensación justa y completa
de todas nuestras vidas pasadas, la presente,
y las que podamos vivir. El tiempo en el que
se producirá la compensación será
el más adecuado, en esta o en otras vidas,
para que podamos aprender la lección
que nos depara el efecto kármico (lo
cual es otra muestra de justicia y de misericordia
divina).
Pero tengamos en cuenta que de la misma manera
que podemos producir un efecto que generará
una compensación kármica, si dicho
efecto es negativo lo podemos neutralizar, cuando
tenemos consciencia de ello, por medio de actos
de naturaleza positiva que puedan compensar
adecuadamente las causas que generaron esa manifestación.
Una cosa que tenemos que tener presente es que
la valoración de nuestros actos, pensamientos,
e intenciones, es muy diferente bajo el punto
de vista cósmico que bajo el humano.
Por ejemplo: Desde el punto de vista cósmico
tiene más valor el pequeño donativo
que, a una institución benéfica,
hace una persona a quien le cuesta un enorme
esfuerzo porque su economía es humilde,
que el gran donativo que hace una persona a
quien le sobran los millones y para quien nada
significa desprenderse de una pequeña
parte de su capital, aunque los dos sean positivos.
También el Karma tiene efecto por acción
y por omisión, es decir: el bien que
pudiendo hacerse se hace produce un karma de
acción, pero el bien que pudiendo hacerse
no se hace provoca un efecto kármico
por omisión. Lo mismo puede decirse de
los actos de naturaleza negativa.
En el Quinto Grado de nuestra Orden Venerable
estudiamos ampliamente la Ley del Karma y la
de la Reencarnación, pero estamos seguros
que, tras esta breve explicación, podemos
comprender que nuestra vida, y el Universo,
están regidos por leyes verdaderamente
justas y equilibradas.
Que la Paz Profunda more en sus corazones.
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