Si
bien es cierto
que varias
escuelas esotéricas
utilizan el
llamado Camino
de la Iniciación,
o ceremonias
de introducción,
como parte
de la técnica
de formación
de sus miembros,
también
es cierto
que un verdadero
esoterista
reconoce que
la Iniciación,
como tal,
no es sólo
un proceso
de etapas
marcadas por
las ceremonias
iniciáticas,
sino que,
incluso, la
vida misma
es un proceso
continuo de
Iniciación.
Hay
muchos
aspectos
que, en
el tema
específico
de la
Iniciación,
han sido
rodeados
de misterio,
de la
falta
de comprensión,
o de una
manera
desfasada
de enfocar
la cuestión,
por lo
que hoy,
como en
el pasado,
se sigue
viendo
este tema
como algo
que debe
ser ocultado,
o que
pertenece
al mundo
de lo
que no
debe se
revelado.
Aquéllos
que me
conocen
saben
que no
me gusta,
en modo
alguno,
rodear
las cosas
de un
misterio
innecesario,
o tratar
de ocultar,
de manera
excesivamente
velada,
aquello
que debe
ser conocido
y comprendido
por los
que aspiran
al conocimiento
que proviene
de la
Luz Mayor.
Esto no
quiere
decir
que no
me guste
el romanticismo,
o que
no aprecie
ese halo
de misterio
emocionante
que rodea
el ceremonial
iniciático,
todo
lo contrario,
pero el
que sepa
apreciar
ese aspecto
misterioso
y emocionante
que rodea
a las
Iniciaciones,
y me sienta
impresionado
por el
drama
ritual,
y por
la ordalía
de la
Iniciación,
no quiere
decir
que no
comprenda
que para
que la
Iniciación
sea totalmente
apreciada,
y se pueda
sacar
todo el
beneficio
posible
de ella,
es conveniente
saber
qué
es realmente
una Iniciación,
y cuáles
son los
mecanismos
que hacen
que ésta
sea una
técnica
tan eficaz
en el
desarrollo
de aquéllos
que buscan
en las
profundidades
insondables
del Ser.
A lo largo
de los
muchos
años
de investigación
en el
campo
del esoterismo;
después
de haber
adquirido
mucha
experiencia
en cuanto
a diferentes
filosofías,
técnicas
de desarrollo,
pensamientos
determinados,
cultos
religiosos,
etc.,
he llegado
a conocer
a multitud
de personas
que, en
diferentes
Ordenes
y Escuelas
de los
Misterios,
han pasado
por muchas
Iniciaciones,
sin que
esto quiera
decir
que las
Iniciaciones
hayan
pasado
por ellos.
Tal vez
esa carencia
de verdadero
desarrollo
interior,
a pesar
de los
muchos
Grados
e Iniciaciones
recibidos,
sea debida
a una
idea incompleta,
o incorrecta,
de lo
que son
las Iniciaciones,
de lo
que persiguen,
o de los
efectos
reales
que éstas
tienen
sobre
los Iniciados,
aquéllos
que aspiran
al conocimiento
por medio
de la
vía
iniciática.
La Iniciación
es algo
tan consustancial
al Ser
Humano
que me
atrevería
a decir
que todos
somos,
en mayor
o menor
medida,
eternos
aspirantes
al despertar
a la realidad
única
por medio
de la
Iniciación
Permanente.
Comprendo
que una
afirmación
tan rotunda
como la
que acabo
de hacer
puede
sorprender
a muchos
o, al
menos,
a aquéllos
que no
conocen
bien lo
que es
la Iniciación,
como técnica
esotérica,
ni los
efectos
continuados
de la
misma
sobre
todo el
género
humano.
No obstante,
para aquéllos
que tienen
conocimientos
básicos
de cómo
funciona
la mente
humana,
y la personalidad
profunda
de los
individuos,
así
como de
la realidad
evidente
que existe
entre
las diferentes
formas
de consciencia
de todos
los seres
vivos,
tanto
del reino
animal
como vegetal,
la evidencia
tangible
de un
proceso
continuado
de iniciación
es la
realidad
completa.
Es, pues,
el deseo
de transmitir
algunos
detalles
adicionales
sobre
la Iniciación
y su técnica,
que puedan
ser útiles
a aquéllos
que siguen
un camino,
o una
técnica
de conocimiento,
que incluya
la Iniciación
como parte
de la
misma,
lo que
me guía
a hacer
unas reflexiones
sobre
el tema.
La Iniciación,
como tal,
no es
otra cosa
que un
comienzo,
un principio,
a partir
del cual
y gracias
al influjo
recibido,
o el conocimiento
asumido,
la persona
emprende
una nueva
etapa
de su
vida,
bien sea
en el
plano
de expresión
físico,
social,
o espiritual.
Habitualmente
se considera
que ese
comienzo
debe ser
simbolizado
por medio
de una
ceremonia
que haga
tomar
consciencia
de la
nueva
situación
que se
va a empezar,
y a esa
ceremonia
simbólica
se la
conoce
con el
nombre
de Iniciación.
La razón
para que
el comienzo,
o paso,
a una
nueva
situación
sea mejor
asumido
cuando
es acompañado
de una
ceremonia
simbólica
se debe,
fundamentalmente,
al mismo
proceso
natural
de manifestación
de la
mente
humana.
Hay ciertos
sentimientos,
ciertas
sensaciones,
que pertenecen
a lo que
se conoce
como nuestra
personalidad
profunda,
y sus
diferentes
procesos
que, por
ser de
un plano
de consciencia
elevado,
no son
fácilmente
expresables
por medio
de nuestro
lenguaje
habitual,
es por
ello que
esas facetas
de nuestra
personalidad,
y esos
sentimientos,
son expresados
por medio
del lenguaje
sintético
de los
símbolos,
a los
cuales
hemos
hecho
referencia
en el
capítulo
anterior,
como forma
de comunicación
con procesos
de conciencia
muy profundos.
Tenemos
que tener
en cuenta
que los
seres
humanos
no son
sólo
racionales,
sino que,
también,
son emocionales.
Esto hace
que aquello
que es
enseñado,
o mostrado,
a la persona
que se
encuentra
ante una
nueva
situación
en su
vida,
es mejor
comprendido
y aceptado
cuando
se le
presenta
tanto
en su
faceta
racional,
o lógica,
como emocional.
Comprendiendo
adecuadamente
esto,
llegaremos
a la conclusión
fundamental
que la
Iniciación
es, realmente,
un comienzo
en cualquiera
de las
múltiples
facetas
de la
vida humana,
aunque
habitualmente
se hace
referencia
a la Iniciación
en cuanto
a la faceta
del desarrollo
espiritual,
o de la
transmisión
de un
nuevo
conocimiento
de naturaleza
interna.
El
impulso
que nos
es transmitido
en este
comienzo,
que es
la Iniciación,
puede
ser recibido
de manera
natural,
por medio
de la
vida misma
y sus
circunstancias,
o a través
de otros
agentes,
a los
cuales
podríamos
definir
como los
iniciadores.
En esta
simple
exposición
nos encontramos
ya con
dos aspectos
de gran
importancia:
el iniciado
y el iniciador,
que nos
dan la
pauta
para profundas
reflexiones
sobre
el tema
de la
Iniciación.
En el
primer
aspecto
de nuestra
reflexión
encontramos,
que una
vez que
el candidato
a la Iniciación
ha pasado
por la
experiencia
iniciática,
lo que
le convierte
en un
Iniciado,
adquiere
un sello
especial,
un algo
indefinido,
que le
hace diferente
a aquéllos
que aún
no han
recibido
la Iniciación,
a los
profanos,
pero que,
al mismo
tiempo,
le identifica,
de alguna
manera,
con todos
los demás
Iniciados,
haciéndole
comulgar
en una
fraternidad
que va
más
allá
de los
lazos
de la
sangre,
que pertenece
a la hermandad
del espíritu.
Dicho de
otra manera:
quien
ha sido
Iniciado,
en cualquiera
de los
diferentes
tipos
de iniciaciones,
se unifica
con los
otros
Iniciados
reconociéndoles
como tales
y, en
consecuencia,
como iguales
a él
mismo,
al mismo
tiempo
que es
reconocido
como igual
por los
demás
Iniciados.
Al respecto,
siempre
recordaré
la época
en que,
siendo
niño,
estudiaba
bachillerato.
En aquel
tiempo,
en España,
había
un cierto
grado
de intolerancia
oficial
en cuanto
a las
diferentes
formas
de pensamiento
filosófico,
o religioso,
por lo
que era
obligatorio
que, tanto
si se
era creyente
como si
no, se
estudiase
una asignatura
que se
llamaba:
Historia
Sagrada,
y que
en los
diferentes
cursos
estudiaba
el Antiguo
Testamento,
el Evangelio,
y los
diferentes
dogmas,
así
como la
liturgia,
de la
Iglesia
Católica.
En una
clase
de esta
asignatura,
a la que
también
llamábamos:
la asignatura
de Religión,
el profesor
nos hizo
el relato
de cómo
Alejandro
Magno
fue admitido
por los
sacerdotes
israelitas
al Santo
de los
Santos
del Templo
de Jerusalén,
y fue
invitado
a hacer
un sacrificio
a Yaveh.
Es esa
ocasión
pregunté
al profesor
de religión
cómo
es que
Alejandro
el Magno,
que era
griego
y, en
consecuencia,
pagano,
fue admitido
al Templo
para hacer
un sacrificio
al Dios
Verdadero.
Recuerdo
que el
profesor
me contestó
que Alejandro
Magno
creía
en un
Dios único,
el Dios
Verdadero,
y que,
por lo
tanto,
muy bien
podía
ser admitido,
de manera
honorable,
a hacer
un sacrificio
en el
Templo
de Jerusalén,
aunque
su religión
fuese
diferente.
Dicho
lo cual,
y con
un tono
pícaro,
el profesor
me dijo
que también
era posible
que Alejandro
Magno,
por razones
políticas,
hubiese
decidido
hacer
un sacrificio
al Dios
del pueblo
que había
conquistado
y que
los sacerdotes
israelitas,
para evitar
represalias,
y por
arrimar
el ascua
a su sardina,
decidieron
admitir
al conquistador
en el
Santo
de los
Santos
del Templo
y hacer
con él
un sacrificio.
Esta experiencia
quedó
en mi
memoria
sin encontrarle
explicación
racional
hasta
que, pasado
el tiempo,
y teniendo
nociones
de esoterismo,
y de lo
que significa
ser un
Iniciado,
llegué
a saber
que en
la antigüedad,
lo mismo
que en
la actualidad,
un Iniciado
era reconocido
como tal
por cualquier
otro Iniciado,
de cualquier
pueblo,
o de cualquier
religión,
siendo
admitido
honorablemente,
como igual,
en el
culto
del pueblo
que visitase.
Este aspecto,
el de
la unidad
entre
todos
los Iniciados,
es uno
de los
pilares
fundamentales
de una
de las
Ordenes
Esotéricas
que conozco,
lo mismo
que algunos
de mis
lectores
y, precisamente
en una
iniciación
se relata
este caso,
como ejemplo
de unidad
entre
los Iniciados,
independientemente
del lugar,
o de la
tradición
particular
a la que
se pertenezca.
Siendo
Alejandro
Magno,
el gran
conquistador
griego,
un Iniciado
en las
escuelas
de los
misterios
de la
antigüedad,
bien podía
ser admitido
en cualquier
templo
de cualquier
país
porque,
aparte
de cualquier
diferencia
material,
política,
económica,
militar,
etc.,.
que hubiese,
por encima
de todo
se encuentra
la hermandad
de aquéllos
que se
unifican
en la
Luz.
Esa
hermandad
de los
Iniciados,
que no
tiene
otra afiliación
que la
del espíritu,
conlleva
un respeto
absoluto
por las
diferentes
vías
de conocimiento,
por las
diferentes
escuelas,
órdenes
iniciáticas,
etc.,
así
como por
los Iniciados,
cualquiera
que sea
su condición,
y nunca,
bajo ningún
aspecto,
ningún
Iniciado,
o Escuela
de Conocimiento
Interno
que sea
auténtica
y tradicional,
tratará
de imponer
su supremacía,
ideas,
posturas
filosóficas,
o entidad
como organización,
a las
otras
Escuelas
o Iniciados,
de tal
forma
que tratar
de proceder
de manera
intolerante,
o buscando
la esclavitud
en la
transmisión
del conocimiento,
supone
un reconocimiento
implícito
de la
falta
de autenticidad,
y buenos
propósitos,
de la
Escuela
o del
supuesto
Iniciado
que así
procediese.
El segundo
aspecto
de esta
primera
reflexión,
el del
Iniciador,
es también
muy importante
por cuanto
habitualmente
se reconoce
que, para
que una
persona
sea iniciada
de manera
válida,
el Iniciador
debe de
estar
investido
de un
poder
especial
que le
capacite,
o le autorice,
para conferir
la Iniciación
a los
Candidatos.
Precisamente,
sobre
este punto,
se ha
hablado
mucho
y de manera
irreflexiva
porque,
algunos
esoteristas,
tal vez,
por un
celo excesivo
en cuanto
a su vía
particular
de desarrollo,
o a la
Escuela
u Orden
a la que
pertenecen,
dan una
importancia,
a mi juicio
excesiva,
en cuanto
a la continuidad
de una
sucesión
histórica
de Iniciadores
que, visto
de esta
manera
habrían
ido recibiendo
unos de
otros
los poderes
que les
capacitarían
para Iniciar
a los
Candidatos.
Si bien
es cierto
que una
transmisión
continuada
del poder
de iniciar,
a lo largo
de la
Historia,
constituye
un factor
tradicional
importante,
también
es cierto
que si
nos remontamos
a los
orígenes
de la
Iniciación,
cuando
llegamos
al que
debió
ser el
primer
Iniciador,
cabría
preguntarse:
¿Quién
Inició
al primer
Iniciador,
y quién
le confirió
el poder
de Iniciar?
Ante esta
pregunta
sólo
cabe una
contestación
sensata:
El
poder
de Iniciar
lo concede
la asunción
personal
de un
influjo
espiritual,
o de una
condición
moral,
que hace
que el
Iniciador
sea reconocido
por los
Iniciados
como alguien
capacitado
para transmitir
dicho
influjo
espiritual
por medio
de la
Iniciación
Simbólica
¡Paz
Profunda!
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